Fue un domingo histórico. Ese 30 de octubre de 1983 los argentinos concurrimos a las urnas para elegir al presidente de la vuelta de la democracia.
Se impuso la fórmula del radicalismo, encabezada por Raúl Alfonsín junto a Víctor Martínez. Venció a la conformada por Italo Argentino Luder y Eduardo Bauzá, del peronismo.
Después de la tragedia de la dictadura militar instaurada el 24 de marzo de 1976, el país retomaba la senda de la institucionalidad constitucional.
La guerra de Malvinas, entre el 2 de abril y el 14 de junio de 1982, que dejó una pléyade de jóvenes muertos en las islas irredentas y la rendición, aceleraron los pasos de los militares para la vuelta de la democracia.
Raúl Alfonsín se transformó en la gran esperanza de los argentinos, con las banderas de la libertad, la democracia, la paz y el juicio a las juntas militares (el peronismo no quería saber nada de ese enjuiciamiento).
Rápidamente se formó la Conadep (Comisión nacional de desaparición de personas) que juzgó los crímenes de lesa humanidad de la dictadura. La Conadep tenía como presidente al escritor Ernesto Sábato y contaba en sus filas con prestigiosas personalidades de distintos ámbitos.
Raúl Alfonsín se convirtió en el padre de la democracia moderna, y si bien su gran déficit fue el tema económico, dejó para la posteridad su vocación ciudadana, su defensa de los derechos humanos y su pasión por la política.

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