Aquel 16 de septiembre de 1955 pasó a la historia por el derrocamiento del presidente constitucional Juan Domingo Perón. La llamada revolución libertadora, encabezada por los generales Eduardo Lonardi, Pedro Eugenio Aramburu y el almirante Isaac Rojas produjo el golpe de Estado, que obligó al presidente Perón a refugiarse en la embajada paraguaya primero y huir en una cañonera a Asunción para instalarse primero en Paraguay y luego en Panamá -ahí conoció a Isabel Martínez- y posteriormente en Madrid, España, donde residió hasta 1973 en que volvió a ser elegido presidente de la Nación por tercera vez. Perón murió el 1 de julio de 1974.
En aquel año 1955 el país vivía momentos gravísimos, con el enfrentamiento de peronistas y antiperonistas en una lucha sin cuartel.
En junio había habido una marcha de católicos contra el gobierno, en la fecha del Corpus Christi y la reacción peronista fue la quema de iglesias y la expresión del presidente con el virulento lema "cinco por uno no va a quedar ninguno".
El 16 de junio de ese año ocurrió el terrible bombardeo de la plaza de Mayo en un primer intento de golpe de Estado que arrojó una enorme cantidad de muertos y tres meses después se concretaba la caida del presidente.
Estas heridas no cicatrizaron con el tiempo. La grieta se agravó y con el correr de los años, aunque cueste decirlo, sigue existiendo la mirada de dos países y de dos líneas de gobierno. Es cierto que los golpes militares terminaron con la vuelta de la democracia el 10 de diciembre de 1983, pasaron casi 42 años, sin embargo el país sigue buscando su destino, con el peronismo por un lado que se camufló en distintas versiones, léase duhaldismo, menemismo, kirchnerismo, y por el otro, hoy con el liberalismo que pretende borrar a un partido que sigue siendo fiel a sus armas predilectas: buscar el poder de cualquier forma cuando no lo tiene.

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